Buen final (1989-03-28)

Recuerdo difuso de una temprana mañana.

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Guilabert, tenía buena vista… (2010-11-18)

Veintiocho de diciembre del año 1048.

Entre las tinieblas  Guilabert se aproxima al Turó de Donadéu. Se dirije a la ermita de  Sant Pere de Reixac y por razones probablemente “regias” va a consagrar la humilde iglesia.  Podría ser también que las nobles obligaciones no fuesen las verdaderas razones del sagrado acto que está apunto de acontecer, y en realidad toda la ceremonia se debiera al deseo de observar desde lugares prominentes,  los más bonitos paisajes…  Vayan ustedes a saber.

Fuese por lo que fuese, lo cierto es que el mentado Obispo tuvo buena vista. Disfrutó del paisaje y muy probablemente pudo observar (al igual que hoy) como los brillantes rayos de luz tajaban la espesa niebla.

No hay forma de saber que es lo que le sugirió entonces aquella visión. Muy probablemente las tinieblas eran sinónimo de frío y humedad y la luz que se colaba en el valle, le pareció mucho más que un bonito contrapunto estético.

El caso de todo ello, es que gracias a lo acontecido aquel lejano día de hace casi 1000 años, la imagen de entonces se nos repite de vez en cuando, e ignorantes de cualquier historia acontecida entonces, nos sobrecogemos al observar un pequeño y evocador rincón en la antesala de la gran urbe.

Vaya con Guilabert…

 

Si escudriñamos con atención la imagen encontraremos a los delatores de nuestro tiempo. Unas farolas mal colocadas y unas torres de alta tensión ocultas entre las brumas, son el rastro que explica nuestra desidia y maltrato para con el paisaje.

 

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